A veces vemos a nuestros hijos hacer cosas que, para otros, pueden parecer pequeñas o cotidianas: saludar, seguir instrucciones, mirar a los ojos, probar un alimento nuevo, aceptar un cambio de rutina o simplemente decir cómo se sienten.
Pero detrás de esos actos tan simples, para muchos padres de personitas autistas hay horas de terapias, aprendizajes, paciencia, acompañamiento y amor.
En casa lo vivimos con Adrián. Él es un niño maravilloso, lleno de curiosidad y una gran pasión por los trenes. Gracias a Dios tiene lenguaje, pero expresar emociones o decir qué le molesta o un simple cambio en la rutina no siempre es fácil para él.
Y también sé que hay otra cara de esta historia, muchos padres sienten que su hijo “no avanza”, que el tiempo pasa y que siguen esperando ese momento que tanto anhelan: una palabra, una mirada o un abrazo.
Y yo lo entiendo, porque en el autismo no hay una sola forma de avanzar, cada persona tiene su propio ritmo, sus tiempos, sus intereses y maneras de comunicarse. A veces el progreso no se mide en palabras, sino en gestos, miradas o en la calma que logran después de una crisis.
El avance de un niño autista no siempre se ve desde afuera, puede estar en algo tan simple y tan profundo como tolerar un cambio, quedarse un minuto más en un lugar que antes les generaba ansiedad, o disfrutar de un momento compartido sin sentirse abrumados.

Por eso, cada familia vive su propio proceso, y cada logro merece ser celebrado sin comparación.
Porque el desarrollo no es una carrera, es un viaje, y en el autismo, ese viaje es único y personal, lleno de aprendizajes invisibles y de amor que se multiplica con cada intento.
