Un diagnóstico de autismo transforma vidas. No solo la del niño o niña que lo recibe, sino también la de su familia entera, marca un nuevo comienzo, redefine prioridades y cambia por completo la manera en que vemos el desarrollo, la educación y el futuro. Pero, ¿Qué pasa cuando ese diagnóstico no es correcto? ¿Qué ocurre cuando un niño o niña es mal diagnosticado con Trastorno del Espectro Autista?. Esta es una realidad más común de lo que muchos imaginan.

El peso de una etiqueta

Un diagnóstico de TEA no es una simple palabra en un papel. Es una etiqueta que abre puertas a apoyos y tratamientos, pero también puede traer consigo miradas distintas, expectativas cambiadas y un fuerte impacto emocional en toda la familia. Por eso, cuando el diagnóstico no se sostiene en una evaluación completa y rigurosa, el riesgo no es menor: estamos hablando de vidas que pueden encaminarse hacia tratamientos innecesarios, retrasos en la atención adecuada o confusión profunda en el hogar.

¿Por qué se pueden dar diagnósticos erróneos?

No siempre es por negligencia. A veces es por desconocimiento, por prisa o por falta de herramientas adecuadas. Algunos signos del autismo pueden parecerse a otras condiciones, como:

  • Trastornos del lenguaje
  • TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad)
  • Ansiedad infantil
  • Mutismo selectivo
  • Experiencias de trauma o negligencia emocional

Sin un análisis profundo, estas condiciones pueden confundirse fácilmente con el espectro autista.

El camino hacia un diagnóstico certero

Diagnosticar el autismo no debería ser el resultado de una sola entrevista o una observación rápida. Se necesita un enfoque multidisciplinario, que incluya:

  • Pruebas estandarizadas como el ADOS-2. Es una herramienta de observación estandarizada que utilizan los profesionales especializados (como psicólogos o psiquiatras infantiles) para evaluar directamente el comportamiento del niño o niña. El ADI-R. A diferencia del ADOS-2,Es una entrevista estructurada con los padres o cuidadores. Busca entender el desarrollo del niño desde sus primeros años hasta la actualidad.
  • Evaluaciones del desarrollo y del lenguaje
  • Valoraciones médicas para descartar otras condiciones
  • Entrevistas detalladas con los padres
  • Observación en contextos naturales (casa, jardín, actividades cotidianas)

Es fundamental también incluir estudios complementarios si hay sospechas: evaluaciones auditivas, neurológicas, sensoriales o genéticas.

Cuando hay dudas, escuchar la intuición

Si ya se ha dado un diagnóstico, pero como madre o padre sientes que algo no encaja, es válido pedir una segunda opinión. No se trata de negar la realidad, sino de buscar certeza, de estar seguros de que estamos dando a nuestros hijos la atención que realmente necesitan.

Hay niños que han sido diagnosticados con autismo y luego se descubre que tienen un trastorno del lenguaje, un problema de audición o simplemente están atravesando un proceso emocional difícil. Cada caso es único, y merece ser tratado con respeto y profundidad.

🧠 Conclusión

Hablar de los niños mal diagnosticados con autismo no es quitarle valor al TEA. Al contrario: es reconocer que el camino hacia un diagnóstico correcto es un acto de amor, de compromiso y de respeto profundo hacia nuestros hijos. Porque un diagnóstico debe ser una brújula, no una sentencia. Y si esa brújula está mal calibrada, todo el viaje puede desviarse.

Desde este espacio, como mamá y como voz de mi hijo Adrián, invito a las familias a confiar en su intuición, a informarse y a no temer buscar una segunda mirada cuando algo no cuadra. Porque cada niño merece ser visto con ojos limpios, sin etiquetas apresuradas, y con todo el cuidado del mundo.

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