Adrián tiene 5 años, es autista y está lleno de energía. Corre, salta, se mueve, se emociona, habla de lo que ama, pregunta todo y vive el mundo con una intensidad que a veces desborda. Es un niño feliz, curioso y auténtico.
Sin embargo, cuando salimos a espacios públicos, no siempre es fácil para mí como mamá.
No porque Adrián haga algo malo, ni porque sea agresivo o tenga rabietas. Lo que pesa no es su comportamiento, sino la presión social: las miradas, los silencios incómodos, las expectativas no dichas sobre cómo debería comportarse un niño.
La carga invisible de las miradas
Hay momentos en los que siento que todos observan. Que cada movimiento de mi hijo es evaluado. Y aunque nadie diga nada, las miradas pesan, en esos instantes, algo dentro de mí se tensa.
No reacciono contra las personas, no discuto ni confronto. Pero sí me afecta. Me afecta al punto de que, por unos segundos, dejo de ver a Adrián como el niño que es y empiezo a mirarlo a través del filtro del juicio externo.
Y ahí es donde duele.
Cuando olvido que solo es un niño… y a demás es autista.
En medio de esa presión social, a veces me concentro más en controlar que en acompañar. Me preocupa que corra, que hable fuerte, que se mueva demasiado. Y se me olvida lo esencial: Adrián no está haciendo nada mal, está siendo un niño, un niño autista, sí, pero ante todo, un niño.
El autismo no es el problema.
El problema no es su energía ni su forma de expresarse. El problema es un mundo que todavía espera silencio, quietud y obediencia de niños que no funcionan así.
Adrián pinta los dibujos de su serie favorita una y otra vez. Es apasionado por los trenes, disfruta las escaleras eléctricas y se obsesiona con cosas que, para otros, pueden parecer insignificantes., se mueve con libertad, ahí hay alegría, regulación y expresión.
Pero cuando estamos fuera de casa, esa misma energía que en privado celebro, en público a veces me intimida. Y reconocerlo no me hace mala madre, me hace humana.

Aprender a soltar, poco a poco
Estoy aprendiendo porque es un proceso a respirar, a bajar el ruido externo y a volver a mirar a mi hijo con amor, no con miedo al qué dirán.
Aprender a recordarme que:
- No le debo explicaciones a nadie.
- Mi hijo no necesita encajar.
- Yo no tengo que pedir perdón por su forma de existir.
Acompañar a un niño autista también es reeducarnos como adultos. Desaprender la vergüenza, soltar la culpa y permitirles ser.
Si tú también sientes que las miradas te pesan, que el comportamiento de tu hijo en público te abruma, no estas sola.
Hoy sigo aprendiendo. Pero cada vez más, elijo dejarlo ser.
